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Fui a un retiro de Yoga y por fin dejé de estar enfadada.

No me di cuenta de lo enfadada que estaba hasta que se me pasó… Y sí, sé que puede sonar contradictorio, pero es real. Durante meses viví con un enfado instaurado en mi pecho que me hacía reaccionar mal, hablar con brusquedad y sentirme siempre en tensión. Sinceramente, saltaba a la mínima, a veces con desconocidos y otras con mis seres queridos. No era feliz, pero tampoco encontraba la manera de bajar esa montaña rusa que me tenía atrapada. Y lo curioso es que nunca pensé que la salida estaría en un retiro de yoga.

Mi relación con el yoga había sido intermitente. Alguna clase suelta aquí y allá, un par de intentos de seguir vídeos en casa, pero nunca logré mantener una práctica constante. Para mí era algo que hacía la gente más calmada, más espiritual o más disciplinada que yo. Hasta que un día me encontré en tal punto de saturación emocional que supe que necesitaba un corte radical.

Entonces decidí que no sería irme de viaje a “pasármelo bien”, sino que necesitaba algo distinto. Buscando en internet, me apareció la posibilidad de un retiro de yoga, y aunque dudé mucho al principio, algo me decía que debía intentarlo.

Recuerdo perfectamente el momento de preparar la mochila. No sabía si llevar libros, si me dejarían usar el móvil o si me aburriría sin planes organizados. Me parecía casi ridículo pensar en pasar varios días en silencio, respirando y haciendo posturas extrañas, pero al mismo tiempo había una parte de mí que se sentía ilusionada. Quizá porque sabía que necesitaba un cambio real.

El camino hasta el lugar también tuvo su propio simbolismo. No fue simplemente trasladarme físicamente: era como si con cada kilómetro me alejara de la persona que había sido en los últimos meses, cargada de tensión y malhumor. De hecho, me sorprendió pensar que hasta ese detalle de orientarme en el mapa me hacía sentir más presente. Era como si, poco a poco, mi mente empezara a soltar la prisa habitual… Era algo completamente “álmico” o espiritual, no sabría describirlo.

Según explican en Yogatetransforma, preparar el propio trayecto hacia el retiro y asumirlo como parte del proceso de sanación es casi tan importante como alojarte en el retiro en sí mismo: entonces todo tuvo sentido.

Los sentimientos del inicio del retiro.

Nada más llegar me encontré con un entorno que parecía estar diseñado para desactivar el ruido interno. No había coches, ni pantallas, ni siquiera relojes. Lo primero que escuché fue el sonido del viento moviendo las hojas, y me sorprendió que, de repente, eso me pareciera un acontecimiento. El lugar desprendía calma, pero no una calma impostada: era auténtica, como si ya hubiera estado allí desde siempre y yo simplemente no hubiera sabido mirarla.

Los organizadores me recibieron con una sonrisa tranquila, sin prisas, ni discursos interminables, solo nos explicaron lo básico: horarios de comidas, normas de convivencia y la invitación a dejarnos llevar por la experiencia. No había obligaciones estrictas, pero sí un ambiente que animaba a participar. Y yo, que había llegado con la resistencia de quien cree que se va a aburrir, empecé a notar cómo mi cuerpo se relajaba apenas crucé la puerta.

El acto de detenerte a “pararte”.

Las primeras horas fueron las más difíciles. Venía con la costumbre de mirar el móvil cada pocos minutos, pero aquí, de pronto, no tenía excusas. Había que parar, y no era cómodo.

El silencio me enfrentaba a mis pensamientos, y muchos de ellos no eran agradables. La primera noche me costó dormir; estaba acostumbrada a caer rendida tras días de ruido, y en cambio, allí mi mente parecía más despierta que nunca.

Sin embargo, en la práctica de la mañana ocurrió algo inesperado. Durante una de las secuencias de respiración, con los ojos cerrados, sentí que mi enfado habitual aparecía… pero esta vez no explotó. Era como si lo observara desde fuera, como una nube que pasaba por el cielo. No tuve que luchar contra él, simplemente estaba allí y luego se fue. Aquello fue un descubrimiento enorme: por primera vez entendí que mi enfado no era yo, sino solo una emoción pasajera.

Y lo más transformador del retiro, sin duda, fue aprender a respirar. Puede sonar simple, porque todos respiramos, pero nunca había prestado atención a cómo lo hacía. Descubrí que llevaba la mayor parte del tiempo respirando rápido, de forma superficial, casi como si estuviera siempre en alerta. En las sesiones nos enseñaron a inhalar profundamente, a soltar el aire de manera consciente y a sentir cómo el cuerpo cambiaba con ese gesto tan básico.

En uno de esos ejercicios, mientras inhalaba despacio y soltaba el aire con suavidad, tuve una sensación casi física de alivio. Era como si con cada exhalación estuviera soltando un peso invisible, un lastre que llevaba años acumulando. Y me di cuenta de que buena parte de mi enfado venía de ahí: de no saber parar, de no oxigenar mi cuerpo, de vivir en un estado de tensión permanente.

Convivir con desconocidos sin máscaras.

La convivencia en el retiro fue realmente reveladora.

Éramos un grupo variado de personas que llegamos allí con historias diferentes, pero poco a poco fuimos creando un ambiente de confianza. Lo curioso es que no necesitábamos hablar demasiado para conectar; una mirada durante la práctica, compartir una infusión después de la cena o simplemente coincidir en silencio mirando el paisaje, era suficiente.

Yo, que siempre había tenido la costumbre de ponerme una coraza delante de los demás, noté cómo esa máscara se me iba cayendo. Nadie me juzgaba, nadie esperaba que fuera divertida o perfecta, allí era simplemente yo, con mis enfados, mis risas, mis momentos de inseguridad y mis descubrimientos. Necesitaba esa aceptación para ir dejar mi enfado, y por fin la conseguí… Lo más gracioso es que ni siquiera sabía que la necesitaba hasta que la descubrí.

A medida que pasaban los días, mi enfado comenzó a diluirse. No fue un momento exacto en el que desapareciera, sino más bien un proceso sutil: uno de esos días me fijé en que ya no me molestaba que alguien dejara la esterilla torcida, que tuviera que esperar en las colas para comer, y noté incluso que mi voz sonaba más suave cuando saludaba a los demás.

Al final, lo que realmente necesitaba era aprender a estar conmigo misma sin huir.

Mi cuerpo se convirtió en mi amigo.

Una de las partes más bonitas fue reconciliarme con mi cuerpo. Siempre lo había tratado como una máquina que debía rendir: levantarme, trabajar, correr de un lado a otro, exigirle más y más. En el retiro, por primera vez, lo escuché de verdad. Las posturas no eran una competición, no importaba si mi flexibilidad era limitada o si necesitaba descansar en mitad de una secuencia. Lo importante era sentir el movimiento, respetar el ritmo propio y agradecer lo que mi cuerpo me permitía hacer.

Ese cambio de mirada fue casi terapéutico. Empecé a sentir que mi cuerpo no era un enemigo al que culpar de dolores o limitaciones, sino un compañero que me sostenía, y con esa reconciliación llegó también un cariño hacia mí misma que hacía mucho tiempo no experimentaba.

Aprender a soltar.

Creo que lo más valioso que me llevé del retiro fue la idea de soltar. Soltar el control obsesivo, la necesidad de tener siempre razón, las expectativas que me hacían enfadar cuando la realidad no las cumplía… Todo me llevaba a la frustración.

Descubrí que detrás del enfado había miedo, inseguridad y cansancio, y que al dejar de agarrarme a todo eso, podía sentir una ligereza inmensa.

Volver transformada.

El último día, antes de marcharme, me senté en silencio a mirar el paisaje. Me costaba creer que solo habían pasado unos pocos días y ya sentía un cambio tan profundo. No era una persona completamente nueva, pero sí alguien con herramientas distintas para afrontar la vida.

Me fui con la certeza de que había encontrado por fin un modo de relacionarme mejor conmigo misma. Al regresar a mi rutina, noté que los demás también notaban la diferencia. Amigos y familiares me decían que estaba más tranquila, que mi tono de voz había cambiado, que parecía más ligera. Y yo lo confirmaba cada vez que reaccionaba con calma en una situación en la que antes habría explotado.

Si miro atrás, me doy cuenta de que mi enfado era una señal de alarma que ignoré durante demasiado tiempo. El retiro de yoga me dio el espacio para parar, escucharme y sanar. Fue una experiencia que calmó mi mal humor y me enseñó a cuidarme de una manera que nunca había considerado.

Hoy sigo practicando, no todos los días ni de manera perfecta, pero sí con la convicción de que la respiración y la atención consciente son mis aliadas. Y, sobre todo, con la gratitud de haber descubierto que, debajo de todo ese enfado, había una versión de mí misma que solo necesitaba un poco de silencio para salir a la luz.

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