Cuántas cosas parecen imposibles hasta que las empiezas a hacer y te sorprendes de que la mitad de la dificultad estaba simplemente en todas las excusas que te habías puesto para no hacerlo. Siempre he sido una viajera incansable y un poco más de lo mismo con mi pareja, si bien desde que nos hemos convertido en padres hemos dejado de viajar pensando en todas las dificultades que supone viajar con niños, y más por el hecho de pensar que teníamos que darles mucha estabilidad y, para ello, necesitaban encontrarse en un lugar fijo.

Todo esto cambió después de leer un artículo, uno de estos que cambian un poco la forma en la que ves las cosas y te revolucionan por completo.

El artículo era de una pareja Angel y Diana que se habían decidido a dar la vuelta al mundo en familia. Tienen un blog “Vuelta al Mundo en Familia” en el que relatan su experiencia desde cómo empezó todo al conocerse en una pequeña población al oeste de Tanzania llamada Kasulu.

Fue en esa localidad donde se conocieron trabajando para Médicos sin Fronteras. Tras su experiencia con MSF en 2001 decidieron ampliar la familia, así nacía Ishi con el que también decidieron continuar su labor humanitaria, a este le siguió Noa.

Ahora bien, pese a su esencia viajera, una vez en Barcelona parecían haber dejado atrás ese mundo de viajes todo cambió con una cena. Al parecer, según cuentan ellos, Ángel regresaba de un viaje de trabajar con Médicos sin Fronteras en Kenia. Acababa de leer un libro de esos que te ponen entre la espada y la pared. Uno que te cuestiona si realmente estás haciendo aquello que más te llena y con lo que más vibras, aquello que realmente te hace feliz.

Le hizo una pregunta a su mujer, tan sencilla como “Diana, si supieras que te vas a morir en 1 año ¿qué harías?” Según leía estas palabras me hacía esa misma pregunta a mí misma.

Para Diana la respuesta fue contundente “dar una vuelta al mundo en familia”. La respuesta de Diana resonó en mí como si la hubiera pronunciado yo misma.

Los Retos de una Vuelta al Mundo en Familia

Ahora bien, pese a estar medio convencida de que esto me resonaba con fuerza seguí leyendo, quería saber cómo se lo habían montado, cuáles habían sido sus miedos. Y es que, no todas las familias tenemos las mismas circunstancias.

Si bien, a medida que iba conociendo su historia sentía más y más paralelismos conmigo. Las palabras de Diana me impactaron cuando comentaba que “pensamos que, precisamente, viajar es una de las experiencias más enriquecedoras que nos hacen crecer y evolucionar. Creemos que la estabilidad que necesitan los niños la aportamos no al estar estático en un lugar, sino la estabilidad del núcleo familiar y al conversar mediante el diálogo y el amor incondicional.”

Me gustó mucho leer su experiencia y me dio el valor suficiente para hacerle la propuesta a mi pareja, quien me vio tan segura que empezó a tomárselo en serio. Para nosotros, no obstante, el proceso ha sido más lento ya que pensamos en ir poco a poco y empezar con viajes de un par de meses para probar, y comprobar, que la cosa funciona. Después ya podríamos escoger periodos de tiempo más largos.

Y es que, son muchas las pequeñas cosas que pasas por alto. Algo tan sencillo como comprar unas zapatillas porque a tu peque se le han roto y no hay ninguna tienda a mano. Sin embargo, al final aprendes a resolver cada pequeño problema. Y más ahora que con Internet podemos recurrir a tiendas online.

De hecho, así fue como di con Andandito, una tienda online de calzado en la que encontré las zapatillas que necesitaba sin problema.

Al final, esa es una de las cosas que aprendes al viajar ya que, casi todos los problemas que se nos iban planteando los solucionábamos, además de que nos sentíamos como un verdadero equipo capaz de todo.

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