Si hacemos cuentas del número de casos de bullying que han saltado a los medios de comunicación y multiplicamos ese número por 100, aún nos estaremos quedando cortos con el número real de niños y adolescentes que sufren cada día en silencio el acoso de sus compañeros de escuela. ¿Cómo puede ser eso posible?

Desconozco los motivos que pueden llevar a un niño de 9 o 10 años a empezar a burlarse y decir barbaridades de otro niño. A veces creo que es por miedo: la familia tiene miedo a lo que es diferente a ellos, como los homosexuales, las personas de otras razas, la fuerza del sexo “débil”… y eso provoca odio en esa familia, un odio que el niño o niña absorbe y que luego se refleja en insultos y burlas hacia niños nacidos de inmigrantes, niños que tienen ciertos ademanes, o niñas con mucha fuerza que provocan el miedo en los niños que quieren quedar por encima de ellas.

Otras veces, sin embargo, pienso que todo empieza como algo inocente: un niño o niña que se ríe por algo concreto y realiza un comentario gracioso que provoca la risa de sus compañeros de clase y, en ese momento, ese niño o niña descubre que puede tener la atención de toda la clase si se mete con otros niños. Como le gusta esa atención, empieza a burlase de unos por ser gruesos, de otros por llevar gafas, de otros por tener los dientes torcidos y de otros por cecear demasiado por culpa del frenillo. No importan los motivos, sólo lo que consigue haciéndolo.

Otro pensamiento que a veces cruza mi mente es que los acosadores no son más que niños y niñas sin autoestima, con mucho miedo, que necesitan defenderse atacando, porque piensan que si dejan de hacerlo les atacarán a ellos.

Y luego, hay otras veces en las que creo que, verdaderamente, hay niños malos. Puede que esto sea algo que no queramos aceptar pero ¿qué niño o adolescente es incapaz de discernir entre el bien y el mal lo suficiente como para no saber que pegarle patadas a otro es incorrecto? Y digo pegarle patadas como puedo decir darle una paliza, perseguirle hasta casa tirándole piedras, o atormentarle  diariamente a base de insultos que hasta a mí, con 34 años, me cuesta repetir.

Al final sólo tengo una cosa clara, y es que da igual el suceso que da inicio a ese primer insulto, o lo que aprendan en casa, o si les gusta hacer daño o no, porque lo verdaderamente importante es que hay miles de chavales sufriendo cada día acoso escolar en nuestro país, y apenas podemos hacer nada.  Las autoridades y los colegios están atados de pies y manos, los padres también porque no pueden meterse con un menor y, por supuesto, la víctima, que no sabe a quién acudir o qué hacer para que se termine la pesadilla.

Se odian a sí mismos y a lo que representan

A día de hoy, mi sobrino de 14 años es un niño feliz pero, para conseguirlo, sus padres tuvieron que cambiarle de colegio a mitad de curso y pagarle un tratamiento en Centre Marsden para que pudiera dejar de llevar gafas, y todo porque un grupo de críos de su antigua clase decidió que llevar gafas “no molaba”. Pero ellos, en lugar de contentarse con llamarlo “cuatro ojos”, le tiraban balonazos a la cara cuando jugaban al fútbol y apostaban para ver quién le rompía antes las gafas. Le insultaban y se burlaban de él hasta tal punto que para mejorar su estado anímico y psicológico, el niño no sólo necesitó cambiar de escuela, sino también que alguien le diera una solución a su vista para dejar de llevar gafas, porque el trauma era tan grande que veía en ellas al mismísimo diablo.

Los expertos aseguran que la clave está en la prevención y que para prevenir hay que educar en valores pero yo alucino con esa afirmación ya que pensaba que llevábamos muchísimos años educando en valores. Debe ser que no. Se ve que nadie, ni en la escuela ni en casa, les dice a esos niños lo que está bien y lo que está mal, ni les explican el daño que pueden hacer al tratar mal a otro ser humano, ni, por supuesto, les enseñan a aceptar a todos tal y como son. ¡Qué ilusa he sido toda mi vida pensando que en nuestro sistema escolar ya se educaba en valores!

La astucia de los profesores

¿Cómo podemos prevenir esas situaciones? Una vez leí un artículo sobre algunos profesores que ponían en práctica ciertas tácticas con el fin de saber si había alguien que estaba siendo marginado en el grupo.

Una profesora pedía una vez a la semana a sus alumnos que anotaran en un papal su nombre, y al lado éste, el de cuatro compañeros con quienes les gustaría sentarse la siguiente semana. Así, con la excusa de ir rotándolos en sus asientos, conseguía averiguar si había algún niño o niña al que nadie elegía y, si era así, saltaban todas las alarmas.

Puede parecer una estrategia un poco simple pero lo importante no es lo compleja que sea, sino si funciona, y gracias a este truco tan simplón, la profesora conseguía respuestas a preguntas como:

  • ¿A qué niño nadie menciona como compañero de asiento deseable?
  • ¿Cuál no nombra a ninguno con el que quiera sentarse?
  • ¿A qué alumno nadie lo elige nunca?
  • ¿Quién tenía mil amigos la semana pasada y ninguno esta semana?

Tal vez el problema sea que no hay una solución mágica ante la respuesta a ninguna de esas preguntas porque ¿qué hacemos cuando ya hemos detectado qué niño o niña es sensible a sufrir bullying? Realmente no sé hasta qué punto podemos actuar para intentar cambiar la situación.

De lo que sí estoy segura, es de que no podemos quedarnos de brazos cruzados, debemos buscar soluciones inmediatamente. En acosoescolar.com.es podemos encontrar muchísima información al respecto aunque el primer paso siempre es conseguir que el niño o niña acosado hable, se abra a nosotros y nos explique qué es exactamente lo que le ocurre en la escuela.

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