Siempre me han interesado mucho las historias basadas en hechos reales, pero, sobre todo, aquellas que protagonizan personas normales que consiguen cosas extraordinarias.

Recuerdo la primera vez que vi, casi de casualidad, la película “El Aceite de la Vida”, donde unos padres tras descubrir la extraña enfermedad que padece su hijo Lorenzo emprenden una lucha llena de valor y persistencia para salvarle.

Es una de esas historias que te demuestran el poder del amor incondicional cuando es puesto a prueba antes las adversidades de la vida.

La historia del Niño de los Caballos

Rowen es un niño al que le diagnosticaron autismo al cumplir los 3 años, cuyos padres terminaron llevándole a Mongolia en una aventura por buscar una mejoría a sus rabietas y tendencia al aislamiento.

Está claro que son muchas las cosas que quedan por descubrir cuando se habla de un Trastorno del Espectro Autista (TEA), si bien, el trabajo de muchos de estos padres es un ejemplo innegable de amor incondicional, perseverancia e ingenio.

El padre de Rowen, Rupert Isaacson es un periodista estadounidense, nacido en Londres, que escribía discursos políticos y libros de viajes como “The Healing Land”, sobre sus experiencias en África con tribus de bosquimanos, y en el que profundiza sobre sus tradiciones y mitos.

Su madre, Kristin Neff trabajaba como psicóloga clínica en un Centro de Texas con niños que presentaban problemas de socialización y relación con los demás.

Al encontrarse como de repente, un día, su hijo dejó de hablar, se encerró en su mundo y empezaron a darle rabietas y gritos que nadie podía consolar empezaron a buscar formas de ayudarle y comprenderle. Así fue como el autismo entró a formar parte de sus vidas.

Su hijo no respondía a las terapias convencionales, ni a los programas educativos especiales, ni a los cambios de dieta o desintoxicación.

Su padre lo expresa muy bien al señalar que “tenía que encontrar la forma de penetrar en su mundo, en su mente, y la encontré, asombrosamente, a través de una yegua llamada Betsy.”

Fue así, casi accidentalmente, un día que Rowen se escapó y acabó con esta yegua de los vecinos como su padre empezó a atisbar algo de esperanza en la comunicación con su hijo. Empezó a tener la intuición de que unir caballos con chamanismo podría ayudarles. Mongolia empezó a dibujarse en su mapa del mundo como el destino de su próxima aventura.

Necesitó dedicar tiempo a encontrar la forma de financiar este proyecto, así como encontrar una editorial interesada en publicarle. Una vez conseguida la financiación emprendieron su viaje a las lejanas tierras de los antiguos sanadores mongoles.

A su mujer, más asentada en los conocimientos actuales, tampoco le pareció mala idea probar una terapia con caballos. Por otra parte, en este sentido, en diferentes estudios se indica que es posible que ese movimiento de balanceo, y el tener que buscar el equilibrio constante al montar un caballo, estimula nuevas conexiones neuronales.

Su viaje es documentado en “The Horse Boy”, película documental dirigida por Michel Prim Scott que se ha presentado en el Festival de Sundance en el que se muestra el viaje y relación de Rowan con los caballos y viejos chamanes mongoles, además de numerosos expertos en Psicología opinando sobre el autismo.

Me gustaron las conclusiones de la película en las que observas que, si bien el autismo de Rowan sigue ahí, éste volvió a sonreír y que desaparecieron sus rabietas y su tendencia a aislarse del mundo y a evitar el contacto humano.

La historia me pareció tan inspiradora que no dejaba de recomendársela a todos mis amigos. De hecho, precisamente una de mis amigas me regaló por mi cumpleaños “Cuaderno para hablar” un libro de Ediciones Aljibe, que habla de un niño al que también le diagnosticaron el trastorno del espectro autista.

En este libro, su madre junto con su psicóloga relata su experiencia al tratar de aprender a entender las necesidades de su hijo y desarrollar un método con el que terminan consiguiendo resultados sorprendentes.

 

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