El otro día el juez  Emilio Calatayud decía que a los españoles se nos ha ido la cabeza con las comuniones de los niños y consiguió ser noticia con esa frase por algo que, en el fondo, la mayoría de nosotros ya pensábamos antes pero que no nos atrevíamos a decir porque hay que “respetar” la ilusión del niño y la familia. Yo no me considero una persona religiosa, de hecho tomé la comunión por la emoción que al final te provoca la familia católica (abuelos y abuelas principalmente), no porque realmente supiera lo que estaba haciendo. A día de hoy no repetiría. Pero sea o no creyente y practicante, creo que los padres que montan todo un evento festivo alrededor del acto religioso están haciendo un flaco favor a la iglesia. Hipocresía.

Al final, esas comuniones recargadas donde las niñas parecen hijas de “Sisí Emperatriz” y los niños marineritos de barco, no son más que celebraciones paganas de una eucaristía que se debería hacer sólo si la familia, y el niño, cree verdaderamente en su significado, dejando a un lado dicha celebración. Así, con su banquete, payasos, regalos y demás tonterías, lo único que están consiguiendo esas familias es que la comunión se convierta en un circo, nada más.

En mi opinión, lo único que merece la pena de todas esas tradiciones que hemos ido adoptando con el paso de los años es el reportaje fotográfico porque, si de verdad sientes que ese día es especial y que va a haber un cambio en ti o en tu vida, querrás tener ese bonito recuerdo para siempre. El resto, sobra.

Nos gastamos hasta lo que no tenemos

Pero lo mismo ocurre con las bodas, exactamente lo mismo. Si bien es verdad que creo que ahí tiene algo más de sentido la celebración del matrimonio, no tanto por el lado religioso sino más bien por el hecho de festejar ese día con tu familia y tus amistades, también creo que desde hace diez o quince años la cosa se nos ha ido de las manos. Gracias a los Dioses del Olimpo parece que últimamente hay más parejas que, con las cosas bastante claras, celebran ese día en la medida de lo posible sin ahogarse durante 10 años en un préstamo que gastaron en un solo día. Son los llamados Millennials, pero aún hay muchos que se empeñan en hacer celebraciones de reyes cuando sólo somos vasallos.

Y la prueba de lo que digo la tengo al alcance de la mano. El año pasado, sin ir más lejos, se casó una de mis mejores amigas, al igual que yo. Ella lo hizo en Junio y yo lo hice en Septiembre. Como es lógico, los meses previos, no se puede evitar sacar el tema del día D y ahí es cuando empecé a ver las enormes diferencias que iba a haber entre ambas bodas.

Tanto ella como su novio, actual marido, realizaron varios comentarios que yo recibí con oídos abiertos pero sin entrar a alabar o criticar porque, en realidad, me tenían totalmente alucinada, y cuando comparaba lo que ellos estaban montando con lo que estábamos íbamos a hacer nosotros pensaba… “¿Estamos locos o qué?”.

Antes de nada he de aclarar que mi mayor gasto (dejando la Luna de Miel aparte) fue un reportaje fotográfico que quisimos hacer para el recuerdo, y ni siquiera contraté a la típica maquilladora profesional ni peluquera. Durante casi un año me estuve tratando la piel con los productos que una amiga que trabaja en cosmética me iba dando de las muestras que le daban a ella (gratis pero de lujo), y también me estuve tratando el cabello con productos profesionales  de Pelumarket.es. Luego, el fotógrafo Luís Oliva nos hizo un precioso reportaje que podré guardar y recordar por siempre. Y ya está, esa fue la partida que se llevó mayor presupuesto en mi boda.

Notables diferencias:

  • Ellos pidieron cita en la iglesia de moda casi tres años antes para poder casarse allí. Yo fui un año antes al Ayuntamiento, cuando abrían las listas, me apunté en cinco minutos y me fui a mi casa.
  • Ella me decía un año antes de la boda: “¡Ya tengo el vestido! Por fin… Me he recorrido todas las tiendas especializadas pero por fin lo he encontrado y además a muy buen precio: unos 1500 euros”. Pues bien, yo no tuve el vestido de la boda hasta dos meses antes que pasé por delante de una tienda y vi un vestido precioso y súper sencillo en el escaparate. Entré, me lo probé y acabé comprándome otro igual de bonito pero más económico: me costó 300 euros y ya me pareció carísimo pero pensé “un día es un día”. El traje de mi pareja costó alrededor de 50.
  • Se dejaron una pasta en las invitaciones. Nuestras invitaciones fue un vídeo casero que enviamos a todos nuestros invitados.  Y fue todo un éxito por cierto.
  • Él, en una cena, nos dijo: “menos mal que tengo la indemnización por el despido de mi antigua empresa porque con esos casi 20.000 euros cubrimos todo el banquete, la fiesta e incluso el viaje de novios. Si no, no nos habríamos podido casar. Las bodas son carísimas”. Yo, en mi boda, me gasté alrededor de 4.000 euros con Luna de Miel incluida y ya me parece que fue demasiado.
  • Ellos tenían Wedding Planner, yo tenía las manualidades que hicimos nosotros previamente y la ayuda de un par de amigas y nuestros padres.
  • Su boda, entre ceremonia y celebración, fueron unas 10 horas. La mía unas 8, lo que no desmerece para nada y lo pasamos igual de bien.
  • Ellos tenían photocall, mesa dulce, árbol de huellas, orquesta en directo durante el cóctel, un saxofonista para la entrada al banquete, regalos para ellas y para ellos diferenciados, DJ, etc. Yo intenté tener un karaoke y al final me arrepentí y no lo puse, la mesa dulce eran bolsitas de golosinas que habíamos preparado en casa, el árbol de huellas lo imprimimos nosotros, la música eran 6 CD´s que grabamos previamente, y los obsequios de los invitados eran marcapáginas, tanto para ellas como para ellos, y quien no lo quiso, o no le gustó, no lo cogió.
  • De normas de vestimenta no hablaban pero como todos sabíamos lo que se cocía acabamos de punta en blanco en su boda, las mujeres con taconazos por supuesto, y como la celebración era en una finca enorme nos regalaron unos accesorios a la entrada de la misma para que no se nos hundieran los tacones en el césped. Mi celebración fue en un restaurante tipo “hippy chill out” al aire libre y le dijimos a todo el mundo que, para su mayor comodidad, vinieran como les diera la gana.

Al final, como en todo, las comparaciones son odiosas pero, en este caso, no las  hago para alabar ni desmerecer a nadie, sólo para dejar clara mi postura ante este tipo de eventos y, por supuesto, ante las comuniones (que mis hijos no harán a no ser que ellos quieran a partir de los 18 años. Ni bautizos ni nada). ¿Y vosotros, qué opinión tenéis al respecto?

Deja un comentario